DÍA 5: Jiva y Bujara

Martes 21 de marzo de 2017

 

El reloj suena a las 7:30 porque pedimos que nos prepararan el desayuno para las 8:15. Queríamos ir prontito a Kunya Ark.

El desayuno excelente, hoy nos cambiaron los huevos guisados por unos fritos estupendísimos, como todo lo demás, encima añadieron salchichas… Me puse las botas (y lo digo en singular porque mi acompañante lleva con mal de estómago desde ayer y no quería abusar…xD).

Viento en popa a toda vela salimos del hotel directitos a Kunya Ark… que yo no daba un duro porque estuviera abierto, pero sí que estaba, sí…

Este es uno de los lugares en los que hay que pagar aparte. La señora que cobra las entradas nos insistía en que pagáramos en dólares pero le dijimos que no, que en som, nos puso una cara de ir a sacar la katana pa’ descabezarnos que bueno… temí por nuestras vidas xD. Pagamos  3700 som por persona y subimos la fiesta de la escalera hasta llegar al mirador (haciendo paradinhas por el camino xD) y la verdad es que si nos hubiéramos marchado sin subir, nos hubiéramos arrepentido toda la vida.

Son las mejores vistas de la ciudad con diferencia, se ve todo y muy bien.

 

 

 

 

 

 

 

Estuvimos un buen rato hasta que empezó a llegar gente y decidimos que era un buen momento para regresar al hotel, habíamos quedado en comenzar el trayecto a Bujara a las 11 de la mañana.

Como el taxista había llegado temprano, iniciamos el trayecto un poco antes, y mejor, porque nos esperaban 6 horas de camino.

La primera parte de la ruta muy bien, el taxista iba a velocidad normal, el trayecto estaba siendo igual de monótono gracias al paisaje. Nuestro chófer no dejaba de comer pipas todo el rato.

Y cuando ya creíamos que no pararíamos hasta llegar a Bujara, nos detuvimos en una casa-bar-restaurante… Lo tenía todo…

No éramos los únicos, había una pareja de franceses que habíamos visto en Jiva y el coche que venía adelantándonos todo el trayecto también paró, venía con 4 personas más el conductor. Y con ellos “nos sentaron”, sí, nos sentaron, unieron las mesas pensando que veníamos todos juntos, y como era muy feo de repente separar las mesas, allí nos sentamos y empezamos las pertinentes conversaciones…

Dos ingleses, un americano y un húngaro cuyo punto en común era la ciudad en la que vivían, Aktau (Kazajistán, ciudad costera en el Mar Caspio) y a tres de ellos, el trabajo, en un instituto  de “alto rendimiento” previo al acceso a la universidad más nueva y con más impulso del país.

La comida no era la mejor… no estaba especialmente buena, y eso que por lo general, aunque cansina, es muy buena de sabor, pero no era el caso, era bastante ramplona. Mi noodle soup (y del húngaro) no tenía nada que ver con la que comí en Jiva, el lagman del americano tenía pinta de hecho hace varios días, bastantes. La carne con papas (tal cual) de mí acompañante fue lo mejor, en sabor y en pinta. Los ingleses se pidieron una ensalada (que siempre consta de pepino cebolla y tomate REmaduro, pasadísimo) y el señor (son una pareja) pidió que por favor le frieran dos huevos.

Of course pan también…

Pagamos muy poco, pero no recuerdo cuánto… tampoco estuvimos mucho tiempo haciendo sobremesa, terminamos de comer y nos pusimos en marcha nuevamente.

La última parte del trayecto fue lo peor, la carretera, que hasta el momento había sido bastante aceptable, se convirtió en un horror de socavones, y para más inri, a nuestro conductor le dio por ‘picarse’ con otro coche… Pasamos un poco de miedo y nos pusimos de muy mal humor, of course cuando llegáramos a Bujara no le íbamos a dar ni un céntimo de propina.

La entrada en Bujara fue diferente a Jiva, estábamos entrando en una ciudad muchísimo más grande y un paso “por delante” en cuanto a ‘modernidad’.

Nuestro taxista nos dejó junto al estanque donde se encuentra el Liabi Hauz y nos gustó mucho lo que vimos, colchonetas para niños, gente paseando, las terrazas de los bares a reventar…

Como necesitábamos una duchita tras el trayecto, nos fuimos directos al hotel, y of course, siempre tiene que pasarme algo… cuando ya tenía el cuerpo completamente enjabonado, dejó de salir agua… ¬¬. Tardaron 5 minutos en restablecerla… pero ni fisco de gracia la verdad. La presión tampoco es que fuera una maravilla, y tras unos segundos ‘echuniados’ en la cama… ¡horror! el colchón estaba deformadísimo y nos clavábamos los muelles por todos lados… pero bueno… no queríamos pensar en eso y malhumorarnos, así que decidimos dar un paseo cortito y buscar un sitio donde comer algo de pollo o cualquier cosa que no fuera lagman o noodle soup.

Caminamos un poco por los alrededores del Minarete Kalon. Por la calle que baja (donde está dicho minarete) vimos a 3 chicos subidos a una especie de tejado… y allá que fuimos. Cuando vimos la escalera de subida, nos percatamos que aquello “muy legal” no era… pero habían buenas vistas, así que decidimos subir corriendo todos los riesgos xD (de imprudentes), la escalera tenía 0 seguridad y una vez en el tejado -mentiría si no lo reconociera- sentí que aquello no estaba muy firme, y que posiblemente todos aquellos andamios que había en los edificios colindantes eran por ‘algo’…

 

 

 

 

 

Tras esta aventura, decidimos que ya estaba bueno por hoy, que iríamos directamente a uno de los restaurantes que había en la placita donde estaba el estanque. Habíamos visto unos pinchitos de pollo con una pinta espectacular y queríamos probarlos.

Eso hicimos… llegamos en el momento clave, porque a los 15 minutos en aquella terraza no cabía un alma.

Pedimos unas papas fritas, una ensalda, unos pinchitos de varios tipos de carne, pollo, cordero… (kebabs… es que yo relaciono la palabra kebab a esa carne finita que te venden enrollada en un wrap… y me cuesta entender que en estas zonas, los kebab son pinchos de carne) más unas coca colas. Mientras esperábamos la comida, mi acompañante fue a por unas rebequitas al hotel (que estaba muy cerca) porque nos habíamos venido un poco arriba saliendo sin ellas, y comenzaba a refrescar.

Volvimos a ver a nuestros amigos del almuerzo xD comieron en la misma terraza que nosotros… ¡qué pequeño es Bujara!

Ya había anochecido cuando pedimos el postre, helado, sin opciones… una copa con 3 bolas de helado que traían del chiringuito que estaba fuera del restaurante, en el que vendían perritos y hamburguesas.

Las vistas eran inmejorables… teníamos frente a nosotros el Liabi Hauz iluminado, y disfrutamos como tontos hablando de qué haríamos en el futuro… siempre tenemos mil planes que no se pueden cumplir, pero…¡y lo que se disfruta soñando!

 

 

Pagamos la cuenta 75.000 som, y decidimos marcharnos para no tener mucho sueño al día siguiente, queríamos levantarnos a una hora razonable.

Cuando llegamos al hotel el dueño chilló mi apellido como si de un coronel a un soldado se tratase y me dijo que a qué hora queríamos el desayuno. Quedamos en que sería a las 9.

Y… ¡¡A la cama!!

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