Día 4: Masada – Ein Bokek

Martes 11 de octubre de 2016

 

Nos levantamos tempranito como siempre, queríamos llegar pronto a nuestro primer destino de hoy. Y menos mal… no nos habíamos enterado, pero hoy era un día muy muy muy importante en el calendario judío.

Vaya nochecita hemos pasado, ruidos y ronquidos por doquier… Era como si la gente durmiera en el pasillo, en esa especie de sillones que hay en el mini pasillo que en booking recogen como “sala de estar”. Voy a dejarlo aquí, iré contando día por día lo que vivimos e íbamos descubriendo.

Cuando por fin estamos duchaditos y preparados para ir al “desayuno”, mi acompañante me pone caras raras… y claro, cuando me acerqué a la cocina… vaya asco, y lo siento mucho, pueden parecer finuras, pero a medio metro de la “cocina” -por llamarlo de alguna manera- estaba el lavabo donde había dos chicas cepillándose los dientes, siento pena de no haber sacado ninguna foto. No exagero, el lavabo común está por fuera del baño que está pegado a la “cocina” (para ser más exactos esa mini despensa con una mesa llena de cosas ‘para comer’, que algunas tenían una pinta de ácidas y recicladas que no podían con ellas). No puedo explicarlo bien, pero es como si hiciéramos un ángulo recto, frente a nosotros, el mini baño con wc y ducha (la ducha era el suelo). Puedo asegurar que dos personas de constitución normal no cabrían en línea recta entre el lavabo y la “cocina”, y repito, no exagero -más bien tengo sensación de que me quedo corta-.

Bueno… ya nos hemos dado cuenta que no vamos a desayunar nunca aquí.

Sacamos las maletas de la habitación para que nos dieran la nuestra, pero según nos dicen, estaba ocupada, así que dejamos las cosas en la ‘recepción’, donde estaba una mujer desaliñada y echada en un mini sillón (echada echada eh, bien ‘esturriada’, descalza).

Nos vamos caminando hasta el parking donde estaba nuestro coche, no sin antes pasar los pertinentes controles de salida de la zona del Muro de las Lamentaciones, obligatorio para nosotros, porque es la salida más cercana a nuestro hostel y parking.

Pagamos la noche al chico del parking y le decimos que volveremos luego, un niño súuuuper amable, que se turnaba con su padre para atender el negocio, y que además dormía en una especie de ‘contenedor donde ponen las oficinas de las obras’ (no puedo explicarlo de otra manera).

El chico nos dice que como vamos a dejar los 4 días el coche allí, hablará con su padre para que nos haga un descuento, nos hacía gracia ver cómo se esforzaba con su inglés, lo hacía muy bien la verdad.

Ponemos rumbo a Masada, nos esperan casi 2 horas de trayecto en coche por la Carretera 90, pero ya no nos importa, nos sentimos muy seguros en ella.

En cuanto pudimos nos paramos a echar gasolina, y no había manera, no nos enterábamos de nada, todo en hebreo, nadie que nos atendiera… nos empezamos a agobiar y llegamos a plantearnos seguir más adelante y echar en otra que nos atendieran físicamente; menos mal que no lo hicimos, un chico que nos vio apurados en el surtidor, nos ayudó. Primeramente, una de las tarjetas de crédito no nos la leía, no la quería aceptar el surtidor, suerte que la segunda sí.

El chico nos “medio explicó” cómo hacerlo pero la verdad no entendíamos ni papa. Nos recomendó llenar el depósito -íbamos con esa idea- porque hoy era el día de ‘no sé qué’, pero no lográbamos entendernos, así que nos hizo un gesto de ‘bah ok’ y nada… le dimos las gracias y retomamos nuestro trayecto.

Durante el camino advertimos que no sólo circulan coches con matrícula amarilla (israelíes) y con matrícula blanca y números y letras verdes (palestinos), sino que también vemos muchísimos vehículos con matrícula verde completa, y nos ponemos a desvariar (somos expertos, reyes en esto de inventar cosas, véase si no, lo que nos convencimos que ayer justo frente a nosotros teníamos Palestina y no Jordania) y nos convencemos que son coches palestinos con un permiso especial para circular en territorio israelí (ERROR).

Cuando tuvimos wifi descubrimos que los coches con matrícula verde son taxis palestinos, que sólo pueden moverse por territorio palestino.

Llegamos a Masada con miedo en el cuerpo, aquello parecía cerrado, “vaya cosa extraña” -pensamos-, anoche revisamos los horarios y ponía que abría los martes.

Nos tranquilizó ver que el parking estaba abierto y que pudimos entrar y dejar el coche, apenas había otros coches, creo recordar que tan sólo había una guagua de turistas y dos vehículos más.

Tenía muchísima curiosidad por conocer este sitio, es un yacimiento arqueológico tan importante e imponente que estuvo en mi mente algunas noches antes de realizar este viaje. ¿Cómo habían podido construir todo aquello ahí? Inevitablemente me vino a la mente Meteora, en Grecia…

Subimos a la zona de venta de tickets del teleférico sin tener claro si sólo comprar billete de ida y bajar caminando el “camino de la serpiente”, o si podíamos comprar aquí el billete de ida y si finalmente nos arrepentíamos comprar arriba el de bajada.

Tantas preocupaciones para nada, cuando llegamos a comprar los tickets, nos obligaron a comprar ida y vuelta en teleférico porque era la penúltima subida permitida del día.

Se nos puso cara extraña, no lo entendíamos, ¿cómo iba a ser eso?

El dependiente nos explicó que era el día de Yomki Pur  [fecha más sagrada en el calendario hebreo, conocida también como el “sabat de los sabats”, es un día para reflexionar sobre el año pasado y pedir perdón por los pecados] y que cerraban antes. Sin poner mucho asunto cogimos nuestros tickets por los cuales pagamos 148 shekels (unos 38 euros), le dimos las gracias y nos fuimos a comprar unas botellas de agua, hacía un calor horroroso.

Después de pagar, y de yo darle una moneda no Israelí (y la mujer poner cara de que la estaba intentando engañar, a pesar de yo explicarle que tenía mix de monedas porque hicimos escala en Kiev y bla bla bla) y ponerme como un tomate porque no se creía mi explicación, ésta nos dijo que el restaurante iba a cerrar ya, así que lo mejor era que compráramos la comida ya porque luego nos sería imposible…Y allá que fuimos.
Una mala pinta aquellas pitas… No me quiero ni acordar. Pagamos 63 shekels (16 euros al cambio) y con muy mala gana la verdad.

Dejamos la bolsa con los “bocatas” en el coche (para comerlos luego) y nos fuimos directos al lugar de subida pero todavía quedaba un ratito para que bajara el teleférico por lo que entramos a ver la típica película explicativa en la que se narraba el por qué este yacimiento es tan importante para el patriotismo judío. Muy en resumidas cuentas, y me perdonen los historiadores por ello, pero aparte del valor como yacimiento en sí, tiene un valor moral debido a que ahí se refugiaron algunos judíos antes de la conquista del Imperio Romano, y prefirieron llevar a cabo un suicidio colectivo antes de quedar a las órdenes de los romanos.

Tras esto, pudimos subirnos en el teleférico y flipar con las vistas en el ascenso ya que podíamos divisar el Mar Muerto con un color tan turquesa que nos quedábamos anonadados.

Nada más llegar arriba nos pusimos en marcha, es un sitio muy grande, mucho, pero no tan grande como el calor que sentíamos… xD

 

 

 

 

 

 

 

 

Teníamos además unas vistas muy chachis a parte del Desierto de Judea, y la verdad, nos estaba gustando muchísimo lo que veíamos…

 

 

Cuando ya estábamos con la sensación de no poder ni con nuestra alma fuimos al lugar de espera del teleférico, el cual apareció a los 10 minutos, pero ya estábamos a la sombra, y se agradecía.
Mientras bajábamos vimos a una pareja haciendo el descenso a pie… algo que nosotros queríamos hacer y que nos dijeron que no sería posible (honestamente, menos mal, porque el calor que teníamos no era humano, y nos hubiéramos reventado las rodillas).

A la salida del teleférico entramos en la típica tienda de souvenirs para comprar el imancito de turno y aprovechamos para comprar también un protector solar porque como somos tan poco previsores, no habíamos llevado y nos estábamos poniendo como cangrejos. Carísimo todo, como siempre en Israel.

Una vez abajo comprobamos que el restaurante seguía abierto (aunque nos habían dicho que no ¬¬ ) y tomamos unos refrescos contemplando nuevamente el famoso camino de la serpiente, visto así no parece nada, pero… a ver quién es el guapo que se atreve a subirlo con las temperaturas que estábamos sufriendo.

 

 

[Sí…las vistas al contenedor de basura también estaba… xD No es mi culpa, es que no tenía fuerzas ni para levantar la cámara y buscar mejor ángulo xDD Podía haber cortado la foto la verdad, pero bueno, así se ve la realidad del lugar jejeje ].

Cuando ya tuvimos suficiente nos pusimos rumbo al siguiente punto: Ein Gedi.

Disfrutamos todo el camino como niños, las vistas eran impresionantes, Mar Muerto y de fondo, Jordania.

 

 

 

Estábamos un poco perdidos y decidimos subir a una de las “comunas” de Israel, a un Kibutz.

Of course no nos dejaron pasar. La señora nos dijo amablemente que podíamos ir a bañarnos a la zona de Ein Bokek y allá que nos fuimos, sin rechistar, sólo queríamos darnos un bañito de agua salada y fresquita.

Nos quedamos con ganas de conocer más a fondo cómo funciona un Kibutz, pero no teníamos mucho tiempo, así que no profundizamos en ello.

Al llegar a la zona de Ein Bokek nos dimos cuenta que era el lugar correcto, digamos que, cuando dimos con la entrada a la playa vimos “la fiesta del turista” así que, tranquilamente, aparcamos, y tras leer los carteles con las precauciones a tomar (no sumergir la cabeza, no beber agua del mar etc etc) nos fuimos corriendo a la playa a darnos el chapuzón.

Vaya calorazo. El agua no estaba fresquita como esperábamos, y yo tenía que salir a “ponerme” bajo la sombrillita, porque me achicharraba, además del sufrimiento (sí, soy así de quejica) que padecía asunto de los ardores que sentía en cada rasguñito del cuerpo.

Vimos muchas personas aparecer con sus mascarillas de barro… ni en eso pensamos. 

 

 

 

La zona de Ein Bokek está completamente llena de hoteles “balneario”, y se ve que es una zona en crecimiento.

Para pasar un día bien… para las risas estuvo gracioso, pero pasar más de un día allí, para nosotros, no tenía sentido.
Nos habíamos dado el bañito haciendo el bobo, flotando y jugando como niños (vaya sensación más rara esa de que todo el cuerpo tienda a subir a la superficie, teníamos que luchar con nosotros mismos para mantenernos en la postura que queríamos) y habíamos pasado un rato de risas y fiestas, pero con ese día era suficiente.

Cuando reanudamos la marcha, pretendimos parar en algunos centros comerciales para comer alguillo decente (bueno, miento, hubo un momento en el que ir al Mc Donald cobró mucha fuerza) pero naaaada. Todo cerrado. Nos estábamos tomando a coña eso de que era el día más festivo del mundo mundial y no…no lo era.

Pues nada… retomamos la marcha a Jerusalén volviendo por la famosísima carretera 90 y contentísimos de habernos dado un bañote en el Mar Muerto. La sonrisa no había quién nos la quitara.

Cuando llegamos a Israel dejamos el coche en el mismo parking y fuimos directos al hostel… Atravesamos la zona del muro de las lamentaciones vestidos de playeros y un poco avergonzados porque la gente iba de punta en blanco.

Antes de ir al hostel, cenamos un poco ligerito en un restaurante muy bonito que había muy cerca del hostel.

 

 

Según llegamos al hotel ya me cambió la cara… La puerta de entrada estaba a escasos metros de la puerta de nuestra habitación la cual estaba abierta de par en par y lo primero que se veían eran nuestras maletas… Cualquiera podía cogerlas e irse con ellas que no pasaba nada, nadie se iba a enterar (el motivo de que estuviera abierta la puerta no era otro que airear la habitación porque no había quien respirara en ella cuando estaba cerrada).

Al entrar en nuestra nueva habitación volví a entrar en booking, porque la nota de 7,3 no es real ni de broma… No entiendo cómo la gente pone tan buenos comentarios.

Nos iba a tocar dormir en una habitación sin ventilación, apestando (siento la dureza) a humedad, y con un sillón cama donde se notaba que alguien había estado recostado hacía escasos minutos (esto… en fin… iré explicando) y por si fuera poco, en el que encontramos muchísimas piedritas que iban cayendo del techo (sufrimos las caídas de pidrecitas durante toda la noche, en el cuerpo ni lo notabas, pero cuando te caían en la cara, te despertabas).

 

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